jueves, 1 de marzo de 2012
La bufanda perdida
A la misma hora de la mañana siguiente, cuando se estaban abrigando para salir, se fueron a poner las bufandas de nuevo, pero la de una de ellas no estaba. ¿Dónde está la bufanda? Ella decía que no se la había dejado en clase, así que estuvimos buscándola por la casa, pero nunca apareció. La había perdido. ¡Una pena! La verdad es que era una bufanda muy bonita y completamente nueva.
No es una historía demasiado interesante, ¿verdad? Lo que sí es curioso (al menos curioso para una mente no-inglesa como la mía) es lo que pasó un mes y medio después.
Hacía sol (aleluya!) y decidimos ir a un parque que hay de camino a la escuela. Pasamos por allí a diario, pero el tiempo no suele invitar a quedarse, así que cuando no hace mucho frío les gusta jugar en los columpios. De ese modo, cogimos lo imprescindible (a saber: dos patienetes, una bicicleta, un peluche de un leopardo con su correspondiente biberón, un peluche de un conejo, dos Barbies, una pelota, un peine y un espejito) y fuimos a pasar la tarde al parque. Mientras dejábamos todos los bártulos en un banco, miré a la valla y allí estaba.
Más de un mes y medio después de perderla, la bufanda estaba colgando de una de las esquinas de la verja del parque.
¿Qué hacía la bufanda allí? Se ve que viniendo del colegio aquel día se le calló al suelo. Pero aquí, en estas tierras, el ciclo de la materia es un pelín diferente. Lo que cae al suelo, nunca se queda en el suelo. Existe un protocolo claro y sencillo, conocido por todos, que se ha de seguir si te encuentras algo tirado por la calle: lo recoges, buscas algún sitio para colgarlo y lo cuelgas.
Una vez que sabes esto, ya no te sorprendes de ver cosas enganchadas en vallas, bancos, buzones, farolas, cabinas, señales, alambradas, carteles, farolas, árboles y arbustos. ¿Qué tipo de cosas? Por supuesto puedes encontrar bufandas. Y, además, guantes, gorros, rebecas, pañuelos y demás prendas de vestir, paraguas, juguetes, auriculares, gafas... Objetos relativamente normales, como podeis ver. Pero la cosa no se queda ahí.
Un día me encontré un chupete en mitad de una carretera, colgado de un seto. Vale, se puede ser muy civilizado y gentil e intentar que el dueño de ese chupete lo recupere, pero en serio ¿qué tipo de madre volvería a usar un chupete que lleva en la calle sabe Dios cuánto tiempo? Me pareció un gesto algo inútil y, efectivamente, el chupete estuvo enganchado al seto bastantes días; pero lo puedo entender. Puedo entender que un chupete es fácil de perder y puedo entender que algún alma caritativa lo recogiera y colgara, pensando que hacía lo mejor. Pero hay casos peores.
Joaquín me contó que un día vio colgado de no sé dónde un cortauñas. Y esto sí que no me lo explico.
Un cortauñas. Sinceramente no sé que decir ante esto. No entiendo cómo a alguien se le puede perder un cortauñas por la calle ni quién es capaz de recogerlo (puaj!) y colgarlo y no entiendo con qué intención se hace eso. ¿Pensaba que su legítimo propietario lo iba a recuperar? No sé.
Pero hay algo que sí queda claro: si quieres encontrar un tesoro en Inglaterra, no lo busques bajo tierra, no estará ahí. Las cosas nunca llegan tan profundo en estas latitudes, apenas tocan el suelo, alguien las recoge. Mejor mira para arriba, si de verdad hay algo interesante, debe de estar colgado.
sábado, 19 de noviembre de 2011
Wimborne Food Festival
Wimborne es una ciudad muy bonita y ese sábado en concreto estaba vestida de gala. Banda de música, columpios para los niños y cientos de puestos artesanales, la gran mayoría, como es lógico, de comida. Como personaje estrella, estaba ni más ni menos que Peppa Pig, una cerdita que es toda una sensación por estas tierras, no sé si ya ha llegado a España o no.
Hamburguesas, cervezas artesanas, perritos calientes, magdalenas, tartas, chucherias, verduras, fish and chips, pasteles salados, comidas típicas de otros lugares (no faltaba la paella, of course)... de todo un poco. Las calles del centro de la ciudad se habían cortado al tráfico rodado y una marea humana se movía al son de los aromas que salían de todos esos puestos.
Y como con el estómago lleno uno está como más feliz, pues allí todo eran sonrisas, el sol brillaba y el mundo parecía maravilloso... Pero, de repente, entre dos tenderetes cualquiera, a cual de ellos más calórico, se erguía una caseta de color morado que te hacía despertar y te devolvía al mundo real de un guantazo.
¿Os suena la empresa Curves? Es una cadena de gimnasios femeninos que tiene franquicias por todo el mundo, incluída Esapaña. De hecho yo me apunté allí unos meses cuando estaba en la universidad y está bastante bien, a mi me gustaba... pero, venga hombre, come on! No es el lugar ni el momento, que manera de estropearle a uno el día tan gratuitamente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Meter panfletos en los envoltorios de las chocolatinas donde ponga "Papá Noel son los padres"? ¿Que un Risto Mejide virtual te evalúe cuando acabas una batalla del Sing Star? Esas no son formas, no lo son. Pero bueno, al final yo me comí un delicioso perrito caliente que me vendió un granjero de la zona y ni siquiera ese puesto color Tinki Winki pudo estropeárme el día. Nice!
Más fotitos e info aquí: http://www.wimbornefoodfestival.co.uk/
Mi gran amigo George (y demás cosas desagradables)
No, definitivamente no me gusta la aspiradora, invento maligno que por suerte no ha colonizado mi casa de España. ¡Con lo fácil que es barrer con una escoba! Pero claro, aquí George es imprescindible, porque la casa está enmoquetada.
Enmoquetada. Moqueta. Mo-que-ta. No, en serio, léelo en voz alta: Moqueta. Con ese nombre, tampoco se puede uno esperar nada maravilloso. Moqueta. Supongo que no soy la única que la relaciona con desechos nasales. Algo sucio, en cualquier caso
He de reconocer que es muy cómoda. A mí, que me encanta andar descalza, así me lo parece. Pero si hablamos de higiene… digamos que la higiene estaba a la cola en la lista de prioridades del genio al que se le ocurrió cubrir de alfombras toda la casa y pegarlas al suelo por si alguien tenía la tentación de lavarlas. ¡No! ¡Aquí no se lava la moqueta!
Unos días después de llegar a mi nueva casa, estábamos viendo una película en el salón todos juntos y a uno de los niños se le volcó un vaso de zumo en el suelo. Como estaban los padres yo no tuve que actuar y me limité a observar. Y de hecho estaba muy intrigada por ver como limpiaban eso, porque ahí George no tenía nada que hacer (¡Ja! ¡Chúpate esa!). Yo esperaba algún producto especial, no sé, un spray, una toallita diseñada para la ocasión… Hombre, ya imaginaba que el Vapoorizer no era más que una maravilla de la ficción de Hollywood, pero hay un término medio, ¿no? Pues lo que ocurrió simplemente fue que el padré se levantó, cogió unas servilletas, las puso sobre el zumo y presionó con el pie suavemente varias veces. Repitió la operación para secarlo un poco más… y listo.
¿Y ya está? Sí, ya está. Esa es la depurada técnica de limpieza que se maneja en tales situaciones. Yo me quedé… como ahora, sin palabras. Sin embargo, mi mayor duda sigue sin resolverse. Teniendo en cuenta que toda la casa excepto la cocina está enmoquetada, ¿dónde se cortan las uñas los ingleses? ¿Dónde se depilan las inglesas? Sé que no es una cuestión agradable, pero me preocupa, en serio. Y no es un tema que pueda sacar como quien no quiere la cosa mientras vemos la tele o a la hora de comer. Así que… tendré que quedarme con la duda por ahora. Si a alguien se le ocurre una solución lógica a este enigma, estaré encantada de escucharla. ;)
domingo, 30 de octubre de 2011
Las tiendas de tarjetas
Las tiendas de tarjetas de felicitación invaden las avenidas comerciales de Inglaterra. En una misma acera de una calle no muy transitada te puedes encontrar varias, a poca distancia unas de otras. Cuando las descubrí me acordé de la película 500 days of Summer (que, por cierto, me gusta mucho). En ella, el protagonista diseñaba tarjetas de este tipo. Cuando la vi hace algo más de un año no entendía esa profesión, ¿de verdad alguien se puede ganar la vida con eso?... Ahora, viendo el tirón que tienen esos trozos de cartulina coloreados, sí lo entiendo.
Son locales sobre-azucarados, donde predomina el blanco y el rosa y que están invadidos por ositos de peluche, cachorritos varios, flores, lacitos, globos, corazones y demás preciosidades que, aunque uno a uno son inofensivos, en conjunto son definitivamente terroríficos. Dentro hay tarjetas para toda ocasión imaginable: para felicitar el cumpleaños a tu abuela, para compartir la felicidad que te invadió al saber que tu sobrina había dejado de llevar pañal, para desear que tu jefe se recupere pronto del ataque de un pez payaso salvaje o para celebrar el nacimiento de los hijos del tamagochi de tu novia. ¡Y no exagero! …Bueno sí, sí exagero.
Lo primero que me sorprendió fue que hubiera tantas tiendas de este estilo, que se dedicaban única y exclusivamente a vender tarjetas, ¿cómo podían sostenerse? ¿Cómo es posible que fueran rentables? Que supongo yo que aquí cumplen años una vez cada 365 días, como el resto de la humanidad, ¿no? Todo esto sin olvidar, por supuesto, que en todas las grandes superficies tienen también unos cuantos expositores rellenos con felicitaciones. Pero pronto me di cuenta de que las usan para cualquier cosa, aquí es toda una tradición. Por ejemplo, el padre de mi host family le da una tarjeta a su propia mujer, que vive bajo su mismo techo, para felicitarle la Navidad. Ella me lo contó con cara de desconcierto… se nota que no es inglesa.
Una vez acepté que simplemente utilizaban estas tarjetas floreadas y ñoñas para todo y después de haberlo meditado un poco, lo que llamó mi atención fue lo irónico que resulta que, sin embargo, en el trato directo sean tan fríos, tan poco cariñosos. Puede que sólo sea mi percepción o la gente concreta con la que me he cruzado, por supuesto, pero aun así supongo que estaréis de acuerdo en que los ingleses no se caracterizan por su efusividad afectiva.
Quizás por eso mismo se multiplican las tiendas de tarjetas. Es más fácil ir y comprar una tarjeta que diga “eres el padrino más maravilloso del mundo” que tener que darle dos besos a tu padrino cuando te despides de él después de alguna reunión familiar. Es más fácil mandar abrazos, cariño, besos, amor y buenos deseos cuando puedes ir a la tienda y comprarlos por sólo una libra los 100 gramos. A mi tanto sentimiento prefabricado me parece absurdo y poco original, no entiendo como pueden conformarse con esos sustitutos de cartón tan incompetentes ... Y, si os digo la verdad, ¡espero no entenderlo nunca!
miércoles, 26 de octubre de 2011
A la caza de una academia de inglés
Vivo en una casa con mucha gente y muchos niños, pero nadie que esté entre los 20 y los 30 años. El barrio donde me ubico es muy bonito, acogedor, seguro, etc. pero aburriría hasta al que diseñó Saber y Ganar y su oferta de ocio es muy limitada. No, creo que estoy siendo demasiado benévola. Su oferta de ocio es inexistente. Recuerdo que cuando llegué a la casa, el anterior au pair, que aún no se había ido, me dijo: “si quieres luego nos damos una vuelta y te enseño donde está LA tienda y EL pub”, así, usando los artículos determinados sin ninguna compasión. No hay mucho más que explicar, ¿verdad? Bournemouth, que era lo suficientemente grande, estaba lo suficientemente cerca y tenía muchas academias de inglés, se perfiló como la mejor opción.
El siguiente paso fue ubicar en un mapa (algo rudimentario, que dibujé en una libreta copiándolo de Google Maps) las tres o cuatro escuelas que me parecían asequibles y permitían conservar mis órganos vitales en su sitio y dirigirme a Bournemouth para acercarme, preguntar in situ y ver qué impresión me daban.
