Una vez instalada en casa y adaptada a mi nueva vida hogareña, tocaba buscarse una academia de idiomas. Eran dos los motivos principales para hacerlo. El primero, por supuesto, que estoy aquí para aprender inglés, y una base teórica marcaria una diferencia de velocidad en el aprendizaje (o eso al menos espero yo). La otra era activar mi vida social.
Vivo en una casa con mucha gente y muchos niños, pero nadie que esté entre los 20 y los 30 años. El barrio donde me ubico es muy bonito, acogedor, seguro, etc. pero aburriría hasta al que diseñó Saber y Ganar y su oferta de ocio es muy limitada. No, creo que estoy siendo demasiado benévola. Su oferta de ocio es inexistente. Recuerdo que cuando llegué a la casa, el anterior au pair, que aún no se había ido, me dijo: “si quieres luego nos damos una vuelta y te enseño donde está LA tienda y EL pub”, así, usando los artículos determinados sin ninguna compasión. No hay mucho más que explicar, ¿verdad? Bournemouth, que era lo suficientemente grande, estaba lo suficientemente cerca y tenía muchas academias de inglés, se perfiló como la mejor opción.
Mandé e-mails explicando mi situación y preguntando precios a una lista de unas 30 escuelas de idiomas. En un par de días ya me habían contestado casi todas. Puedes ir, desde cinco horas semanales hasta 25 o 30, tal vez más. La horquilla de precios también es enorme. Desde unos 25/35 libras por semana, hasta 150, 200 e incluso más libras semanales. Estas últimas, por supuesto, las descarté en cuanto abrí el e-mail informativo.
El siguiente paso fue ubicar en un mapa (algo rudimentario, que dibujé en una libreta copiándolo de Google Maps) las tres o cuatro escuelas que me parecían asequibles y permitían conservar mis órganos vitales en su sitio y dirigirme a Bournemouth para acercarme, preguntar in situ y ver qué impresión me daban.
Guardo especial cariño a una, que finalmente no fue en la que me apunté, pero los minutos que estuve allí desinformándome fueron memorables. No es exactamente una escuela, porque no te dan clases, pero según tengo entendido te dan material online para prepararte temarios de inglés… o algo así.
Llegué allí, entré y veo una sala con muchos ordenadores y gente trabajando en ellos, de manera distendida, casi como si fuera un cibercafé. Viendo que no había recepción ni nada parecido, pregunté a unas muchachas con quien debía de hablar para informarme de cómo iba aquello. Con no demasiada convicción me dijeron que hablara con John mientras señalaban a un señor mayor sentado un poco más lejos.
Nunca supe el cargo que John ocupaba en la escuela, porque no era profesor ni tampoco el director ni recepcionista… y lo que parecía era que fuera un alumno más. En fin, que allí que fui yo, a interrumpir su tarea para ver si me podía ayudar. Él me recibió con una sonrisa de oreja a oreja y cuando empezó a hablar, ya no hubo quien lo parara. Despejó una silla que estaba llena de carpetas y me dijo que me sentara y empezó a hablar y hablar y hablar con una voz monótona y muy muy bajita, y yo, que no llevaba ni una semana en Inglaterra, sólo era capaz de pillar palabras sueltas que mi cerebro se encargaba de juntar en el orden en el que iban llegando y empezaron a crear una historia poco verosímil sobre esa escuela. Entre frase y frase se iba riendo de vez en cuando, como si hubiera hecho un chascarrillo o algo así. No sé, no entendía nada y me limitaba a levantar las cejas y asentir.
Al principio tenía esperanza de entender algo, pero un par de minutos después lo único que quería era levantarme e irme con mis dudas a otra parte. A lo mejor es cosa mía, pero si yo trabajara en una escuela de idiomas, procuraría hablar, para empezar, alto y claro. Que digo yo, que si alguien está interesado en apuntarse ahí, será que su inglés no es muy maravilloso. Pero John no lo veía así. El lanzaba el mensaje. Si llegaba o cómo llegaba al receptor… you know, he doesn’t mind. Pero a pesar de eso, era tan educado y simpático que yo no podía ni siquiera mosquearme por el fracaso de mi misión allí.
Al cabo de un rato, el hombre, muy amable siempre, se me quedó mirando y sonriendo. Supe entonces que había acabado de decir todo lo que tenía que decir, así que por fin podía irme sin parecer maleducada.
Al final no me enteré de mucho y ni siquiera sé si lo que creo saber es cierto o no, pero entendí que no se daban clases, que te daban material, que si podías ir físicamente a la academia, bien; que si no podías, pues bien también y, sobre los precios, que si tu nivel era muy bajo, no te cobraban nada. Vamos, poca y confusa información saqué de ese encuentro… Al final acabé apuntándome en otra academia y estoy muy contenta; pero, sin embargo, no he encontrado allí a nadie tan entrañable como mi amigo John.