sábado, 19 de noviembre de 2011

Wimborne Food Festival

Primer fin de semana en Inglaterra, apenas conocía a nadie y me esperaban otros dos días sin salir de casa cuando: "¿Quieres venir con nosotros al Wimborne Food Festival?" ¡Genial! Y allí que me fui con mi nueva familia adoptiva más felíz que un regaliz.

Wimborne es una ciudad muy bonita y ese sábado en concreto estaba vestida de gala. Banda de música, columpios para los niños y cientos de puestos artesanales, la gran mayoría, como es lógico, de comida. Como personaje estrella, estaba ni más ni menos que Peppa Pig, una cerdita que es toda una sensación por estas tierras, no sé si ya ha llegado a España o no.

Hamburguesas, cervezas artesanas, perritos calientes, magdalenas, tartas, chucherias, verduras, fish and chips, pasteles salados, comidas típicas de otros lugares (no faltaba la paella, of course)... de todo un poco. Las calles del centro de la ciudad se habían cortado al tráfico rodado y una marea humana se movía al son de los aromas que salían de todos esos puestos.

Y como con el estómago lleno uno está como más feliz, pues allí todo eran sonrisas, el sol brillaba y el mundo parecía maravilloso... Pero, de repente, entre dos tenderetes cualquiera, a cual de ellos más calórico, se erguía una caseta de color morado que te hacía despertar y te devolvía al mundo real de un guantazo.

¿Os suena la empresa Curves? Es una cadena de gimnasios femeninos que tiene franquicias por todo el mundo, incluída Esapaña. De hecho yo me apunté allí unos meses cuando estaba en la universidad y está bastante bien, a mi me gustaba... pero, venga hombre, come on! No es el lugar ni el momento, que manera de estropearle a uno el día tan gratuitamente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Meter panfletos en los envoltorios de las chocolatinas donde ponga "Papá Noel son los padres"? ¿Que un Risto Mejide virtual te evalúe cuando acabas una batalla del Sing Star? Esas no son formas, no lo son. Pero bueno, al final yo me comí un delicioso perrito caliente que me vendió un granjero de la zona y ni siquiera ese puesto color Tinki Winki pudo estropeárme el día. Nice!

Más fotitos e info aquí: http://www.wimbornefoodfestival.co.uk/

Mi gran amigo George (y demás cosas desagradables)

No me cae bien George. Hace ya bastantes días que ando por estas tierras, los suficientes para acostumbrarme a las rabietas de los niños, a las normas de la mesa, al horario de sueño y comidas, a las peculiaridades de unos y el carácter de otros… Incluso mi paciencia con el perro ha crecido con los días. Pero George es superior a mis fuerzas (casi literalmente). No me cae bien. No me gusta su olor, de hecho lo detesto, ese olor entre pies y humedad. Yo que sé, es horrible. Ni lo quiero describir para no obligarme a reconstruirlo en mi memoria. Y esa sonrisa burlona, que parece que me diga “¿Te molesto? ¿Sí? Pues te jodes”. Y es verdad que me jodo y me aguanto. Es un pesado, pero tengo que acabar arrastrándolo de aquí para allá y soportando los ruidos molestos que hace. Lo veo sólo una o dos veces a la semana y aun así me resulta demasiado.

No, definitivamente no me gusta la aspiradora, invento maligno que por suerte no ha colonizado mi casa de España. ¡Con lo fácil que es barrer con una escoba! Pero claro, aquí George es imprescindible, porque la casa está enmoquetada.

Enmoquetada. Moqueta. Mo-que-ta. No, en serio, léelo en voz alta: Moqueta. Con ese nombre, tampoco se puede uno esperar nada maravilloso. Moqueta. Supongo que no soy la única que la relaciona con desechos nasales. Algo sucio, en cualquier caso

He de reconocer que es muy cómoda. A mí, que me encanta andar descalza, así me lo parece. Pero si hablamos de higiene… digamos que la higiene estaba a la cola en la lista de prioridades del genio al que se le ocurrió cubrir de alfombras toda la casa y pegarlas al suelo por si alguien tenía la tentación de lavarlas. ¡No! ¡Aquí no se lava la moqueta!

Unos días después de llegar a mi nueva casa, estábamos viendo una película en el salón todos juntos y a uno de los niños se le volcó un vaso de zumo en el suelo. Como estaban los padres yo no tuve que actuar y me limité a observar. Y de hecho estaba muy intrigada por ver como limpiaban eso, porque ahí George no tenía nada que hacer (¡Ja! ¡Chúpate esa!). Yo esperaba algún producto especial, no sé, un spray, una toallita diseñada para la ocasión­… Hombre, ya imaginaba que el Vapoorizer no era más que una maravilla de la ficción de Hollywood, pero hay un término medio, ¿no? Pues lo que ocurrió simplemente fue que el padré se levantó, cogió unas servilletas, las puso sobre el zumo y presionó con el pie suavemente varias veces. Repitió la operación para secarlo un poco más… y listo.

¿Y ya está? Sí, ya está. Esa es la depurada técnica de limpieza que se maneja en tales situaciones. Yo me quedé… como ahora, sin palabras. Sin embargo, mi mayor duda sigue sin resolverse. Teniendo en cuenta que toda la casa excepto la cocina está enmoquetada, ¿dónde se cortan las uñas los ingleses? ¿Dónde se depilan las inglesas? Sé que no es una cuestión agradable, pero me preocupa, en serio. Y no es un tema que pueda sacar como quien no quiere la cosa mientras vemos la tele o a la hora de comer. Así que… tendré que quedarme con la duda por ahora. Si a alguien se le ocurre una solución lógica a este enigma, estaré encantada de escucharla. ;)

domingo, 30 de octubre de 2011

Las tiendas de tarjetas

Las tiendas de tarjetas de felicitación invaden las avenidas comerciales de Inglaterra. En una misma acera de una calle no muy transitada te puedes encontrar varias, a poca distancia unas de otras. Cuando las descubrí me acordé de la película 500 days of Summer (que, por cierto, me gusta mucho). En ella, el protagonista diseñaba tarjetas de este tipo. Cuando la vi hace algo más de un año no entendía esa profesión, ¿de verdad alguien se puede ganar la vida con eso?... Ahora, viendo el tirón que tienen esos trozos de cartulina coloreados, sí lo entiendo.

Son locales sobre-azucarados, donde predomina el blanco y el rosa y que están invadidos por ositos de peluche, cachorritos varios, flores, lacitos, globos, corazones y demás preciosidades que, aunque uno a uno son inofensivos, en conjunto son definitivamente terroríficos. Dentro hay tarjetas para toda ocasión imaginable: para felicitar el cumpleaños a tu abuela, para compartir la felicidad que te invadió al saber que tu sobrina había dejado de llevar pañal, para desear que tu jefe se recupere pronto del ataque de un pez payaso salvaje o para celebrar el nacimiento de los hijos del tamagochi de tu novia. ¡Y no exagero! …Bueno sí, sí exagero.

Lo primero que me sorprendió fue que hubiera tantas tiendas de este estilo, que se dedicaban única y exclusivamente a vender tarjetas, ¿cómo podían sostenerse? ¿Cómo es posible que fueran rentables? Que supongo yo que aquí cumplen años una vez cada 365 días, como el resto de la humanidad, ¿no? Todo esto sin olvidar, por supuesto, que en todas las grandes superficies tienen también unos cuantos expositores rellenos con felicitaciones. Pero pronto me di cuenta de que las usan para cualquier cosa, aquí es toda una tradición. Por ejemplo, el padre de mi host family le da una tarjeta a su propia mujer, que vive bajo su mismo techo, para felicitarle la Navidad. Ella me lo contó con cara de desconcierto… se nota que no es inglesa.

Una vez acepté que simplemente utilizaban estas tarjetas floreadas y ñoñas para todo y después de haberlo meditado un poco, lo que llamó mi atención fue lo irónico que resulta que, sin embargo, en el trato directo sean tan fríos, tan poco cariñosos. Puede que sólo sea mi percepción o la gente concreta con la que me he cruzado, por supuesto, pero aun así supongo que estaréis de acuerdo en que los ingleses no se caracterizan por su efusividad afectiva.

Quizás por eso mismo se multiplican las tiendas de tarjetas. Es más fácil ir y comprar una tarjeta que diga “eres el padrino más maravilloso del mundo” que tener que darle dos besos a tu padrino cuando te despides de él después de alguna reunión familiar. Es más fácil mandar abrazos, cariño, besos, amor y buenos deseos cuando puedes ir a la tienda y comprarlos por sólo una libra los 100 gramos. A mi tanto sentimiento prefabricado me parece absurdo y poco original, no entiendo como pueden conformarse con esos sustitutos de cartón tan incompetentes ... Y, si os digo la verdad, ¡espero no entenderlo nunca!

miércoles, 26 de octubre de 2011

A la caza de una academia de inglés

Una vez instalada en casa y adaptada a mi nueva vida hogareña, tocaba buscarse una academia de idiomas. Eran dos los motivos principales para hacerlo. El primero, por supuesto, que estoy aquí para aprender inglés, y una base teórica marcaria una diferencia de velocidad en el aprendizaje (o eso al menos espero yo). La otra era activar mi vida social.
Vivo en una casa con mucha gente y muchos niños, pero nadie que esté entre los 20 y los 30 años. El barrio donde me ubico es muy bonito, acogedor, seguro, etc. pero aburriría hasta al que diseñó Saber y Ganar y su oferta de ocio es muy limitada. No, creo que estoy siendo demasiado benévola. Su oferta de ocio es inexistente. Recuerdo que cuando llegué a la casa, el anterior au pair, que aún no se había ido, me dijo: “si quieres luego nos damos una vuelta y te enseño donde está LA tienda y EL pub”, así, usando los artículos determinados sin ninguna compasión. No hay mucho más que explicar, ¿verdad? Bournemouth, que era lo suficientemente grande, estaba lo suficientemente cerca y tenía muchas academias de inglés, se perfiló como la mejor opción.
Mandé e-mails explicando mi situación y preguntando precios a una lista de unas 30 escuelas de idiomas. En un par de días ya me habían contestado casi todas. Puedes ir, desde cinco horas semanales hasta 25 o 30, tal vez más. La horquilla de precios también es enorme. Desde unos 25/35 libras por semana, hasta 150, 200 e incluso más libras semanales. Estas últimas, por supuesto, las descarté en cuanto abrí el e-mail informativo.
El siguiente paso fue ubicar en un mapa (algo rudimentario, que dibujé en una libreta copiándolo de Google Maps) las tres o cuatro escuelas que me parecían asequibles y permitían conservar mis órganos vitales en su sitio y dirigirme a Bournemouth para acercarme, preguntar in situ y ver qué impresión me daban.
Guardo especial cariño a una, que finalmente no fue en la que me apunté, pero los minutos que estuve allí desinformándome fueron memorables. No es exactamente una escuela, porque no te dan clases, pero según tengo entendido te dan material online para prepararte temarios de inglés… o algo así.
Llegué allí, entré y veo una sala con muchos ordenadores y gente trabajando en ellos, de manera distendida, casi como si fuera un cibercafé. Viendo que no había recepción ni nada parecido, pregunté a unas muchachas con quien debía de hablar para informarme de cómo iba aquello. Con no demasiada convicción me dijeron que hablara con John mientras señalaban a un señor mayor sentado un poco más lejos.
Nunca supe el cargo que John ocupaba en la escuela, porque no era profesor ni tampoco el director ni recepcionista… y lo que parecía era que fuera un alumno más. En fin, que allí que fui yo, a interrumpir su tarea para ver si me podía ayudar. Él me recibió con una sonrisa de oreja a oreja y cuando empezó a hablar, ya no hubo quien lo parara. Despejó una silla que estaba llena de carpetas y me dijo que me sentara y empezó a hablar y hablar y hablar con una voz monótona y muy muy bajita, y yo, que no llevaba ni una semana en Inglaterra, sólo era capaz de pillar palabras sueltas que mi cerebro se encargaba de juntar en el orden en el que iban llegando y empezaron a crear una historia poco verosímil sobre esa escuela. Entre frase y frase se iba riendo de vez en cuando, como si hubiera hecho un chascarrillo o algo así. No sé, no entendía nada y me limitaba a levantar las cejas y asentir.
Al principio tenía esperanza de entender algo, pero un par de minutos después lo único que quería era levantarme e irme con mis dudas a otra parte. A lo mejor es cosa mía, pero si yo trabajara en una escuela de idiomas, procuraría hablar, para empezar, alto y claro. Que digo yo, que si alguien está interesado en apuntarse ahí, será que su inglés no es muy maravilloso. Pero John no lo veía así. El lanzaba el mensaje. Si llegaba o cómo llegaba al receptor… you know, he doesn’t mind. Pero a pesar de eso, era tan educado y simpático que yo no podía ni siquiera mosquearme por el fracaso de mi misión allí.
Al cabo de un rato, el hombre, muy amable siempre, se me quedó mirando y sonriendo. Supe entonces que había acabado de decir todo lo que tenía que decir, así que por fin podía irme sin parecer maleducada.
Al final no me enteré de mucho y ni siquiera sé si lo que creo saber es cierto o no, pero entendí que no se daban clases, que te daban material, que si podías ir físicamente a la academia, bien; que si no podías, pues bien también y, sobre los precios, que si tu nivel era muy bajo, no te cobraban nada. Vamos, poca y confusa información saqué de ese encuentro… Al final acabé apuntándome en otra academia y estoy muy contenta; pero, sin embargo, no he encontrado allí a nadie tan entrañable como mi amigo John.

martes, 25 de octubre de 2011

El momento de despegar

He decidido empezar este blog tal y como empecé mi aventura.
Os pongo en situación. Estás a punto de pasar un año lejos de todo lo que conoces, en otro país, viviendo entre gente extraña, que habla un idioma que no es el tuyo, en una ciudad extraña y en una casa extraña… Y te acabas de despedir de tu familia junto al arco de seguridad del aeropuerto, ahora sí, estás tú solo. En ese momento, ¿cuántas cosas te pasan por la cabeza? ¿Cuántas preguntas? Ya os lo digo yo: ¡Miles! ¿Cómo será la familia con la que voy a vivir? ¿Seré capaz de expresarme? ¿Seré capaz de entenderlos? ¡¿De qué se supone que voy a hablar con ellos?! ¿Serán acogedores? ¿Y qué hay de mi vida social allí? ¿Conoceré gente fácilmente? ¿Gente interesante, tal vez? ¿Alguien con quien coger confianza?... Y eso por no hablar de las preguntas absurdas que se cuelan entre medias: ¿Hará mucho frío? ¿Nevará en invierno? ¿Cómo será la comida? ¿Y mi habitación?
En fin, que mientras mis neuronas estaban ocupadas en no-responder todas estas cuestiones, a duras penas era capaz de reservar algo de mi capacidad cerebral para volver a hacer el lazo en los cordones de mis botines, una vez que me había reencontrado con mis pertenencias después del control de seguridad.
Y en ese estado de semiinconsciencia me encontraba cuando escuché una voz tras de mí:
- ¿Cómo te llamas?
(Vale, la pregunta era sencilla, así que la respondí sin necesidad de prestar demasiada atención)
- Alexia.
- Alexia, ¿qué más?
Llegados a este punto me pareció conveniente identificar a mi interlocutor. Era un policía. Un policía me estaba preguntando mis señas en un control de seguridad. Pero yo ni me inmuté. Visto desde la distancia, creo que no es algo muy normal. Sin embargo, en aquel momento mi capacidad de sorpresa estaba algo noqueada. Demasiadas cosas en la cabeza, supongo.
- García Ferrer ¿Por qué lo pregunta?
- Bien, Alexia García Ferrer, aquí tienes tu DNI, se te ha caído antes de pasar el arco. Creo que lo puedes necesitar.- Completó el mensaje con una sonrisa, malagueño saleroso.
Acerté a darle las gracias, pero estoy bastante segura de que mi cara en ese momento decía “no entiendo nada de lo que me estás diciendo”. Menuda manera de empezar la aventura, perdiendo mi DNI ¡y ni siquiera estaba en territorio internacional! Mi identidad prefería quedarse en casa. ¿Cómo interpreto esa metáfora tan fortuita? Sin duda, este año se presenta interesante.